Al ver una vez más que Tácio estaba excediéndose de las ideas, ella se alejó.
—Voy a entrar, creo que deberías ir a tu casa —dijo Rafaela, dándose la vuelta para salir.
—Rafa, ¿por qué estás actuando como si yo fuera un extraño para ti? —él preguntó.
—¿Y por qué estás actuando como si pudieras mandar u opinar en mi vida? ¿Tienes noción de lo que acabas de decir ahora?
—Yo solo quiero tu bien. No veo buenas intenciones en la mirada de ese hombre; siento que si sigues ahí, terminarás lastimándote.
—No es de tu incumbencia lo que me pase a mí, no puedes simplemente aparecer aquí y hablar sobre alguien que ni siquiera conoces.
—¿Por qué lo estás defendiendo de nuevo? —preguntó nervioso.
—Pero no lo estoy. Eres tú quien está sacando tus propias conclusiones.
—¿Crees que diría algo si no percibiera lo que está pasando?
—Entonces habla, Tácio, ¿qué está pasando? —se acercó a él. Sabía que Tácio era un pozo de inconveniencia a veces y decir lo que estaba en su cabeza era bastante común.
—Creo