Cassian abrió los ojos.
La luz cian de la cueva parpadeó. Su cuerpo estaba rígido, sus músculos tensos, como si hubiese estado encadenado durante años. El pecho le ardía, justo donde la daga había estado, aunque ahora solo quedaba la marca, una cicatriz fresca, con un pulso extraño debajo de la piel.
Trató de incorporarse y la cabeza le dio vueltas.
Todo era confuso, un caos.
Pero en el instante en que sus dedos tocaron la piedra fría del altar donde había estado sentado, el recuerdo lo golpeó c