Corrió, se impulsó con la pared y saltó. Cayó sobre el lomo del animal y clavó la daga justo entre los omóplatos. El lobo aulló y cayó con un temblor.
Cassian lo vio todo desde el centro del caos.
Entre una mordida y otra, entre la sangre y los gruñidos, sus ojos se detuvieron en ella. Y se quedó quieto por un instante demasiado largo.
Esa hembra.
Esa maldita hembra no era una flor delicada.
No era frágil.
No era la muñeca de porcelana que parecía a punto de romperse.
Era una tormenta.
Una llam