a paz en el Enclave tenía un sabor agridulce. Tras la confesión de Adrian y el caos de la huida, el bosque se sentía más protector que nunca, pero también más vulnerable. Mientras los guerreros de Malakai reforzaban las fronteras y Kaelen patrullaba con los sentidos en tensión, Adrian buscaba redimirse en los detalles pequeños.
Pasó la tarde bajo las raíces del Gran Árbol, enseñando a los niños del Enclave a distinguir las constelaciones en un cielo que empezaba a palidecer. Les hablaba de las