El estruendo de un cañón sónico de Helix desgarró el aire, pero antes de que la onda de choque pudiera pulverizar la línea de defensa, una sombra densa, más oscura que la propia penumbra del eclipse, se materializó frente al Gran Árbol.
Elyan ya no parecía el sabio sereno con el que Adrian había interactuado antes. Sus ojos, antes tranquilos, se habían tornado en dos pozos de un carmesí eléctrico, y su piel, pálida como el mármol antiguo, reflejaba la luz anémica del sol menguante. No era solo