El silencio de la totalidad no era solo la ausencia de sonido; era una presión física que parecía aplastar el corazón. En el cielo, el sol había desaparecido, dejando en su lugar un orbe de terciopelo negro rodeado por una corona de fuego blanco, una visión fantasmal que bañaba el Enclave en una penumbra plateada y onírica. En ese instante de oscuridad absoluta, las sombras de los hombres y de las máquinas se fundieron en una sola mancha de incertidumbre.
El cronómetro del dispositivo de purga