—Para… —susurró, con un hilo de voz que no coincidía con lo que decía su cuerpo. Porque sus jadeos eran un grito silencioso para que siguiera. Kerem lo entendió. Sonrió contra su boca y no detuvo el ritmo, incluso lo intensificó, su pelvis chocando con ella, su erección llenándola hasta que cada embestida arrancaba un gemido más alto.
La alfombra raspaba suavemente su espalda, la lluvia afuera era un murmullo constante, y Kerem la estaba haciendo suya de una manera que Lena sabía que jamás podrí