El silencio en la sala era sofocante. Las bancas crujían con el movimiento inquieto de las personas que habían acudido a presenciar el juicio. El aire olía a tensión y nervios.
Lena estaba sentada entre Oliver y Ruth, con las manos apretadas en su regazo y el corazón golpeando con fuerza en el pecho. A su lado, Kerem permanecía rígido, sin ocultar el gesto severo que tensaba su mandíbula.
La voz del juez rompió el silencio.
—Procedamos con la declaración de las denunciantes.
Una a una las huérfa