Inicio / Hombre lobo / Destinada al Alfa que Juró No Amar / CAPÍTULO 4 Haré que se arrodillen
CAPÍTULO 4 Haré que se arrodillen

Punto de vista de Arwen

Mi mundo acababa de derrumbarse. Y lo peor era que todavía podía escuchar las palabras de Adrián destrozándome por dentro.

«No eres nada».

Las repetía mi mente una y otra vez. Como un castigo, como si fueran una maldición.

Apreté los ojos con fuerza mientras intentaba controlar el temblor de mis manos.

No quería llorar delante de Kael, pero era demasiado tarde para eso. Las lágrimas seguían cayendo de todas formas, silenciosas y completamente humillantes, sin importarles que yo les ordenara detenerse. Traicioneras hasta el final.

Mi pecho ardía como si alguien hubiera arrancado algo desde adentro.

¿Cómo pude ser tan estúpida?

Adrián me había dicho que era especial. Que yo era diferente. Que me amaba.

Mentiras. Todo había sido una mentira.

Y encima me comparó con Ylva.

Mi hermana perfecta. La loba pura, la hija favorita, la que heredó el pelaje plateado de nuestro padre y los ojos claros de nuestra madre y toda la gracia que yo nunca tuve.

Mientras yo… Bueno.

Yo era la decepción mestiza de la familia Holmes. La hija defectuosa que no era suficientemente loba para pertenecer al mundo de mi padre ni suficientemente humana para encajar en el de mi madre. Siempre demasiado de algo y no suficiente de otra cosa. Siempre en el borde de los dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno..

—Deberías dejar de llorar.

La voz grave de Kael atravesó el silencio.

Giré lentamente hacia él.

—¿Siempre eres así de cruel?

Su expresión no cambió.

Seguía sentado frente a mí como un rey oscuro acostumbrado a controlar absolutamente todo.

—Las lágrimas no arreglan nada.

Quise odiarlo. En serio con todas mis fuerzas.

Pero una parte de mí sabía que tenía razón. Eso me molestó todavía más.

—¿Y qué se supone que haga? —pregunté quebrándome—. ¿Fingir que no me destruyó?

Kael inclinó apenas la cabeza. Sus ojos dorados brillaban bajo las luces de la ciudad.

—No. Haz que se arrepienta.

Mi respiración se detuvo.

Algo en la manera en que lo dijo me estremeció.

No sonó como un consejo. Sonó como una promesa peligrosa.

Me limpié las lágrimas rápidamente.

—Eso es fácil de decir para alguien como tú.

—¿Alguien como yo?

Solté una risa amarga.

—Rico, poderoso. Perfecto.

Él sonrió apenas.

Y esa pequeña sonrisa fue incluso más intimidante que su expresión fría.

—No soy perfecto, pequeña loba.

Otra vez ese apodo.

Mi corazón dio ese pequeño salto incómodo que había decidido ignorar desde el momento en que él usó ese apodo por primera vez.

—Deja de llamarme así.

—¿Por qué? —preguntó suavemente—. Te queda bien.

Desvié la mirada inmediatamente.

Porque había algo profundamente incorrecto en la forma en que ese hombre me observaba.

Como si pudiera ver debajo de mi piel. Como si mi alma le perteneciera.

La camioneta quedó en silencio algunos segundos.

Entonces Kael habló nuevamente.

—Quédate conmigo esta noche.

Lo miré confundida.

—¿Qué?

—Necesito una compañera para una reunión de manadas.

Parpadeé varias veces.

¿Manadas? ¿Había dicho manadas?

Kael pareció darse cuenta demasiado tarde. Su mandíbula se tensó.

—Quise decir… una reunión familiar.

Mentiroso.

No sabía por qué… Pero lo sentí. Ese hombre ocultaba algo enorme. Algo oscuro.

Algo sobrenatural.

—Te pagaré cien mil dólares —continuó—. Solo necesitas fingir ser mi pareja durante unas horas.

Cien mil dólares.

Mi mente dejó de funcionar por completo.

—¿Estás loco?

—Probablemente.

Lo dijo con tanta calma que no supe si hablaba en serio.

—¿Quién demonios eres tú?

Kael me observó unos segundos.

Y luego respondió:

—Kael Draven.

Mi cuerpo entero se congeló.

No. No podía ser.

Todo el mundo conocía ese nombre.

Kael Draven. El Alfa Supremo de Darkmoon. El hombre más poderoso de los territorios del norte. Empresario, millonario, depredador político.

Las revistas lo llamaban: “El Rey Salvaje.”

Las redes estaban llenas de rumores sobre él: peleas entre clanes, guerras de territorio, mujeres desapareciendo de su vida después de unas semanas.

Incluso se decía que había matado con sus propias manos a un Alfa rival.

Lo miré horrorizada.

—No puede ser…

Él arqueó apenas una ceja.

—¿Esperabas un anciano feo?

—Esperaba… no sé… alguien menos aterrador.

Eso lo hizo reír.

Y por primera vez entendí algo importante:

Kael Draven era mucho más peligroso cuando sonreía, porque la sonrisa hacía que quisieras acercarte cuando todo en él debería mantenerte a distancia..

—Entonces —dijo inclinándose apenas hacia mí—, ¿aceptas?

Mi cerebro gritó que no con todas sus fuerzas.

Pero mis problemas comenzaron a desfilar frente a mí: tres meses de alquiler atrasado que mi casera ya no mencionaba por pena, el casting que perdí la semana pasada porque no pude pagar el transporte para llegar a tiempo, las deudas pequeñas y acumuladas que individualmente eran manejables, pero juntas eran una asfixia lenta. Mi familia mirándome con esa compasión que duele más que el desprecio. Y Adrián humillándome frente a todos.

Ylva tenía razón. Nunca lograría nada sola. Apreté los puños, odiaba sentirme débil.

Kael seguía observándome en silencio. Esperando, analizándome.

Como un lobo esperando que su presa decidiera entrar sola en la trampa.

—¿Por qué yo? —pregunté finalmente.

Esa vez sí pareció pensarlo antes de responder.

Y algo extraño cruzó por sus ojos, algo más oscuro más profundo.

—Porque odio a los hombres que hacen llorar a mujeres hermosas.

Mi corazón dio un golpe incómodo.

¿Hermosa? Nadie me decía eso nunca. Mucho menos alguien como él.

Intenté recuperar la compostura.

—Eso sonó ensayado.

—Tal vez.

—Y probablemente se lo dices a muchas mujeres.

—No tantas como imaginas.

Mentiroso. Definitivamente mentiroso.

Pero peligrosamente convincente. Suspiré derrotada.

—Está bien.

Sus ojos se fijaron completamente en mí.

—¿Está bien?

—Acepto.

El ambiente dentro de la camioneta cambió inmediatamente.

La satisfacción oscura que apareció en su rostro me puso nerviosa.

Como si acabara de ganar algo importante. Kael extendió lentamente su mano.

Mi cuerpo entero recordó la descarga eléctrica de la primera vez.

No quería volver a sentir eso.

—Creo que deberíamos evitar tocarnos —dije rápidamente.

Sus labios se curvaron apenas.

—Interesante.

Metió la mano nuevamente en el bolsillo de su abrigo.

—Entonces tenemos un trato.

Intenté ignorar el extraño alivio que sentí. Porque comenzaba a acostumbrarme demasiado a él.

—Perfecto —murmuré—. Entonces vamos a esa cena falsa y terminamos con esto.

Kael soltó una risa baja. Y esa risa…

Dios.

Parecía la de un demonio divertido.

—No tan rápido, pequeña loba.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ahora?

Sus ojos recorrieron lentamente mi vestido negro. No con deseo, era peor. Con evaluación.

—No puedes aparecer frente a mi familia vestida así.

Me miré inmediatamente.

—¿Qué tiene mi vestido?

—Todo.

Mi mandíbula cayó.

—¡Oye!

Kael suspiró como si estuviera perdiendo la paciencia.

—Mi supuesta compañera no puede parecer una actriz desempleada a punto de llorar en una estación de autobuses.

Eso dolió. Y él lo notó inmediatamente, porque algo en su expresión cambió.

Brevísimo, casi invisible, pero lo vi: arrepentimiento.

—No quise decirlo de esa manera.

—Claro que sí.

Desvié la mirada antes de que viera lo mucho que me afectó.

El silencio llenó nuevamente la camioneta.

Entonces Kael habló más suavemente.

—Voy a transformarte.

Parpadeé confundida.

—¿Qué?

Una sonrisa peligrosa apareció lentamente en su rostro.

Y su lobo… Lo sentí. Aunque no sabía cómo explicarlo.

—Voy a convertirte en la mujer que hará arrodillarse a todos los que se burlaron de ti.

Y la parte más aterradora no fue la promesa. Fue que le creí.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP