Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Arwen
El hombre frente a mí olía a tormenta y muerte.
No era normal. Todo en él gritaba peligro.
La manera en que permanecía inmóvil bajo la lluvia.
La forma en que sus ojos dorados me observaban sin parpadear.
El aura sofocante que hacía que el aire se sintiera más pesado.
Incluso mi cuerpo reaccionaba extraño.
Mi corazón latía demasiado rápido. Las palmas me hormigueaban. Y había algo en mi pecho, algo primitivo y sin nombre, quería inclinarme hacia él en lugar de retroceder.
Y eso me molestaba profundamente.
Porque yo no era de esas mujeres que se derretían por un rostro bonito.
Aunque… demonios.
Ese hombre parecía tallado por dioses violentos. Alto, oscuro, peligroso. Con una cicatriz apenas visible junto al cuello que hablaba de batallas que yo nunca podría imaginar. Y claramente acostumbrado a que todos obedecieran sin chistar.
—¿Ni siquiera vas a disculparte, después de haberme atropellado? —pregunté alzando la barbilla, negándome a parecer intimidada, aunque por dentro calculaba mis opciones de escape
Su mirada descendió lentamente hacia mi tobillo lastimado.
Luego volvió a mis ojos, frío e inexpresivo como mármol negro.
—Corrección —dijo con voz grave—. Yo no te atropellé. Mi conductor casi lo hizo.
Su tono sonó tan arrogante que mis dedos se cerraron alrededor del tacón que sostenía en la mano con ganas de lanzárselo a la cara.
El hombre señaló la camioneta negra detrás de él.
—Sube.
Parpadeé. ¿Eso era una orden?
—Estoy bien —respondí secamente—. No necesito ir a ningún hospital.
No pensaba dejar que un desconocido psicópata arruinara todavía más mi noche.
Ya llegaba tarde. Y Adrián odiaba esperar.
El hombre entrecerró ligeramente los ojos.
—Necesito confirmar que no aparecerás mañana exigiendo dinero por lesiones falsas.
Lo miré incrédula. Luego solté una risa corta, sin humor, del tipo que se escapa antes de que puedas controlarlo.
—Vaya… definitivamente alguien te destrozó la vida.
Por primera vez algo cambió en su expresión. No mucho. Solo un destello, tan breve que casi lo perdí. Oscuro, violento, herido. Como si hubiera rozado sin querer una cicatriz que nadie más conocía. Y desapareció tan rápido que dudé haberlo visto.
Su mandíbula se tensó.
—Sube al vehículo, pequeña loba.
Mi respiración se detuvo.
Pequeña loba.
¿Qué demonios significaba eso?
Antes de que pudiera preguntar, un dolor punzante atravesó mi cabeza.
Imágenes extrañas aparecieron por un segundo, fragmentadas y violentas: bosques oscuros que no terminaban nunca, sangre oscura sobre hojas mojadas, ojos rojos brillando en la oscuridad como brasas vivas. Y una sensación de estar corriendo. De estar huyendo. O tal vez persiguiendo.
Retrocedí ligeramente.
El hombre lo notó. Por supuesto que lo notó. Parecía notar absolutamente todo, registrar cada micro expresión, cada respiración, cada movimiento de mis manos.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Había algo raro en su voz. Era demasiado controlada.
Como si estuviera reprimiendo algo enorme dentro de él.
Negué rápidamente.
—Nada.
No iba a admitir que acababa de tener una mini alucinación frente a un desconocido.
Entonces recordé la hora. Maldición.
—¡No! —jadeé mirando mi teléfono—. Voy tarde.
Sus cejas apenas se movieron, pero sus ojos siguieron mi rostro con esa atención perturbadora.
—¿Tarde para qué?
—El cumpleaños de mi novio.
Las palabras salieron rápidas. Y apenas lo dije, el ambiente cambió.
Lo sentí. Literalmente.
La temperatura pareció descender varios grados. O quizás solo fue mi piel que se erizó. El hombre quedó completamente inmóvil, más inmóvil que antes incluso.
Demasiado inmóvil.
Como un depredador antes de atacar.
—¿Tu novio? — repitió lentamente, separando cada sílaba como si las estuviera examinando..
Algo en su tono me puso nerviosa.
—Sí… mi novio. —No sé por qué lo repetí.
Sus ojos dorados brillaron apenas.
Y juraría que vi algo salvaje detrás de ellos.
Ira. No. No solo ira.
Posesividad. Como si la información lo hubiera herido
¿Qué demonios le pasaba?
—Necesito que me lleves al Hotel Eboncrest —dije intentando ignorar la extraña tensión—. Adrián trabaja allí.
El silencio se volvió insoportable. La lluvia seguía golpeando el pavimento.
El conductor fingía no escuchar.
Y el hombre seguía mirándome de esa forma inquietante.
Como si estuviera luchando consigo mismo.
Finalmente habló.
—¿Qué obtengo yo a cambio?
Abrí la boca, indignada.
—¿Perdón?
—Nada es gratis.
Ah, perfecto.
Un multimillonario psicópata con problemas emocionales.
—¿Nunca ayudas a nadie?
—No.
Su respuesta fue inmediata, sin culpa y sin vergüenza.
Lo observé mejor.
Los anillos oscuros en sus dedos, el reloj absurdamente caro.
La cicatriz apenas visible junto a su cuello.
Ese hombre había sobrevivido cosas horribles. Lo supe de inmediato. Y por alguna razón… eso me dio más curiosidad que miedo.
—Está bien —dije finalmente—. Firmaré lo que quieras. Una declaración, un documento, lo que sea. Así tendrás pruebas de que no pienso demandarte.
Sus ojos se clavaron en mí analizándome como si intentara descubrir si mentía.
Luego extendió la mano.
—Kael.
Incluso su nombre sonaba peligroso.
Lo observé unos segundos antes de estrechar su mano.
Y en el instante del contacto… El mundo explotó.
Una descarga brutal recorrió mi cuerpo.
El aire vibró. Mi pecho ardió. Y algo dormido dentro de mí, algo que nunca había sabido que existía, despertó de golpe y clavó sus garras hacia él.
Retrocedí inmediatamente. Respirando agitadamente.
Kael no se movió, pero sus ojos…
Sus ojos ya no parecían humanos.
Un brillo dorado salvaje apareció en ellos antes de desaparecer otra vez.
¿Qué demonios fue eso?
Él abrió la puerta de la camioneta.
—Sube.
Esta vez no discutí.
Porque una parte de mí la parte más instintiva y aterradora quería permanecer cerca de él.
Y eso era peor que cualquier accidente.
Esta vez no discutí. Porque la parte más instintiva de mí, la parte que no obedecía a la razón ni al sentido común, quería estar cerca de él. Y eso era mucho más aterrador que cualquier accidente.
El interior olía exactamente como él: bosque oscuro, lluvia, humo, y algo ferozmente masculino que se me instaló en los pulmones sin pedir permiso
Me senté lo más lejos posible.
Kael ocupó el asiento frente a mí con una elegancia depredadora.
Nadie habló durante varios minutos.
El silencio era tan intenso que terminé rompiéndolo.
—¿A qué te dedicas?
Su respuesta fue inmediata.
—No es asunto tuyo.
Entrecerré los ojos.
Qué encanto de hombre.
—Debes ser divertidísimo en las fiestas.
No respondió. Perfecto.
Decidí ignorarlo y empecé a tararear suavemente una canción para matar el silencio.
Empecé a tararear suavemente solo para matar los nervios.
—Deja de hacer eso. —Su voz salió más grave, más animal.
—¿Tararear?
Kael cerró lentamente el puño. Los músculos de su mandíbula se marcaron peligrosamente.
—Maldita sea…
Ahora sí me molesté.
—¿Cuál es tu problema?
Sus ojos se clavaron en mí, y sentí miedo real. No porque creyera que iba a golpearme. Sino porque tuve la certeza aterradora de que ese hombre estaba conteniendo algo monstruoso dentro de él.
El conductor aceleró discretamente.
Como si quisiera llegar rápido antes de que ocurriera una tragedia.
—No deberías acercarte a mí —dijo Kael finalmente.
Solté una risa incrédula.
—Créeme, eso intento.
Pero él seguía mirándome.
Como si estuviera obsesionándose.
Y yo comenzaba a entender algo horrible. Aquel hombre no era simplemente peligroso.
Era el tipo de hombre capaz de arrastrar el mundo entero al infierno…
Y hacerte seguirlo voluntariamente.







