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Capítulo 7 — El Infierno Lleva Nuestra Sangre

Punto de vista de Kael

No planeaba acercarme tanto a Arwen.

Mucho menos inclinarme hacia ella de esa manera.

Y definitivamente no planeaba imaginar cómo sabrían sus labios, qué sonido haría si los tocaba, si el temblor que sentía en ella era miedo o algo completamente diferente.

La había estado provocando. Eso era todo. Jugando con su nerviosismo. Viendo cómo reaccionaba cuando invadía su espacio. Pero durante unos segundos… perdí el control.

Por suerte, Lyra apareció antes de que cometiera un error con consecuencias que no estaba preparado para manejar. O quizá una desgracia.

Porque algo dentro de mí, algo antiguo, animal y peligrosamente despierto había reaccionado cuando Arwen quedó atrapada entre mis brazos.

Mi lobo había reconocido algo. No solo el aroma extraño de su sangre mezclada, sino algo más profundo. Algo que los lobos de las manadas llamaban con una palabra que yo me había prohibido usar.

Y eso era imposible.

Rechacé el pensamiento de inmediato mientras caminábamos hacia la Mansión Blackthorne, el territorio central de la Manada Luna Negra.

Las enormes columnas de piedra negra brillaban bajo las luces plateadas del jardín. Guerreros centinelas vigilaban cada entrada con sus marcas lunares visibles en el cuello. El aire olía a poder, jerarquía… y sangre alfa.

Arwen caminaba detrás de nosotros intentando disimular su incomodidad, pero podía escuchar el ritmo acelerado de su corazón incluso desde varios metros.

Acelerado, irregular, el ritmo de alguien que avanza hacia algo aterrador y decide hacerlo de todas formas. Eso me irritaba de una forma que no supe bien analizar. Que siguiera avanzando cuando podría detenerse. Que siguiera siendo valiente cuando nadie se lo pedía.

Porque mientras más la observaba, más difícil me resultaba verla como una simple humana problemática.

Y eso era exactamente lo que debía ser. Nada más.

Lyra apretó mi brazo levemente y supe antes de que hablara lo que vendría.

—¿Quién es ella realmente? —preguntó en voz baja, sujetándose de mi brazo con una sonrisa elegante que no alcanzaba sus ojos.

Ahí estaba. La posesividad calculada , la desconfianza. La necesidad enfermiza de marcar territorio incluso cuando nuestra relación nunca hubiera tenido la temperatura suficiente para justificar ese nivel de vigilancia..

Giré apenas el rostro hacia ella.

—Ya te lo dije. Trabaja para mí esta noche.

—¿Trabaja… haciendo qué exactamente?

Su tono sonó dulce. Pero el veneno estaba ahí. Siempre lo estaba.

No respondí.

Seguimos avanzando por el gran salón mientras los miembros de alto rango de la manada inclinaban la cabeza a mi paso.

Alfas menores, betas, consejeros. Todos fingiendo no mirar demasiado.

Todos preguntándose en silencio por qué el heredero de Luna Negra había llegado acompañado por dos mujeres.

Justo el tipo de espectáculo que odiaba.

—¡Kael!

La voz aguda de mi hermana menor atravesó el salón antes de que pudiera escapar.

Annia prácticamente corrió hacia mí con su vestido azul oscuro moviéndose como agua bajo las luces. Pequeña y ruidosa. Molestamente feliz.

Exactamente igual que nuestra madre antes de morir.

—Viniste —dijo sonriendo mientras me besaba ambas mejillas—. Creí que volverías a ignorar la invitación de padre.

—Lo consideré.

—Siempre lo consideras.

Annia rodó los ojos antes de fijarse en Lyra.

Su sonrisa se amplió.

—¡Tú debes ser Lyra!

Lyra tensó apenas la mandíbula.

—Sí. Un gusto.

Mi hermana abrió los brazos para abrazarla, pero Lyra retrocedió apenas un paso y le ofreció la mano como si estuviera cerrando un trato empresarial.

Vi el brillo apagarse en los ojos de Annia.

Maldición.

—Encantada de conocerte —dijo Lyra con frialdad impecable.

Y ahí estaba otra vez. La máscara perfecta. La loba refinada.

La mujer incapaz de relajarse incluso durante una cena familiar.

—Tenemos que encontrar al viejo—intervine rápidamente antes de que Annia se sintiera incómoda.

Mi hermana cruzó los brazos.

—¿Te refieres a nuestro Alfa?

Suspiré.

—No empieces.

—Entonces deja de llamarlo “el viejo”.

La ignoré deliberadamente y seguí caminando.

Lyra me alcanzó segundos después.

—Tu hermana es extraña.

La miré de reojo.

—Mi hermana es auténtica.

—Demasiado auténtica.

—¿Ese es el problema?

Lyra soltó una pequeña risa incrédula.

—Kael, estaba a punto de abrazarme.

—Porque intentaba ser amable.

—No somos cachorros.

Ahí estaba otra vez esa necesidad de parecer superior a todos. Elegante, controlada, siempre perfecta. Vacía.

Continué caminando sin responder.

—¿Ahora me ignoras? —preguntó ella, deteniéndose frente a mí.

Respiré lentamente.

Oh Diosa lunar dame paciencia.

—¿Qué quieres que diga?

—Que entiendes que ciertas conductas no son apropiadas para alguien de mi posición.

—Esto no es una reunión política de manadas. Es una cena familiar.

Sus ojos brillaron con irritación.

—Voy por una copa.— dijo finalmente, con la dignidad fría de quien decide retirarse antes de perder.

La vi alejarse y me quedé un momento quieto en medio del salón, masajeándome la nuca con el cansancio acumulado de una noche que llevaba horas siendo demasiado de todo. La decisión de traer a Arwen había sido impulsiva.

Qué desastre.

Y entonces escuché una risa.

Suave. Real. Con ese calor específico que Arwen ponía en las cosas sin darse cuenta, como si la calidez fuera su estado natural y no algo que decidía o administraba.

Giré el rostro.

Arwen estaba junto a Annia… y junto a él.

Lucien.

Mi primo. El heredero de la Manada Eclipse Carmesí.

El hombre que llevaba años convirtiendo mi existencia en una guerra personal.

Sentí la mandíbula tensarse cuando vi la mano de Lucien descansando en la cintura de Arwen.

Demasiado cómodo. Demasiado cerca.

Ella levantó el rostro hacia él riéndose de algo que había dicho.

Mi pecho ardió. Celos.

La palabra apareció tan rápido que me dio asco reconocerla.

¿Celos por una mujer que conocía desde hacía tres horas?

Ridículo. Completamente ridículo.

Y, sin embargo.

—Contrólate —murmuré para mí mismo.

Pero mi lobo no estaba de acuerdo. Lo sentía inquieto bajo mi piel.

Observando a Arwen. Reconociéndola. Deseándola.

No. Eso no podía pasar.

Eso no podía ocurrir. No con ella. Arwen todavía creía en las cosas que yo había dejado de creer hace suficiente tiempo como para no recordar exactamente cuándo ocurrió el cambio. Creía en el amor, en los vínculos, en la idea de que las personas podían ser leales de verdad.

Lo había visto esta noche, en la forma en que la traición de Adrián la había destrozado: no solo por el dolor sino por la sorpresa.

Todavía se sorprendía cuando alguien la traicionaba.

Eso significaba que todavía confiaba.

Y yo destruía todo lo que tocaba. No por descuido sino por estructura, por la forma en que estaba construido desde adentro, por lo que le hice a Selene, aunque nunca hubiera sido mi intención.

Desde Selene entendí perfectamente lo que ocurría cuando alguien confiaba en mí.

Traición. Dolor. Sangre.

Nunca otra vez.

—Kael Draven.

La voz grave detrás de mí hizo que cada músculo de mi cuerpo se tensara.

Mi padre.

El Gran Alfa Magnus Draven. El hombre más temido del norte no por su fuerza, aunque la tenía, sino por su inteligencia táctica, por la forma en que veía el tablero completo cuando todos los demás veían solo las piezas frente a ellos. Cabello oscuro salpicado de plata, ojos helados. Presencia devastadora.

Me giré lentamente. Seguía imponiendo miedo incluso sin usar su aura alfa.

A su lado había una joven loba pelirroja que apenas debía superar los veintidós años.

Otra candidata. Otra pieza en el tablero de mi padre.

—Padre.

Él arqueó apenas una ceja.

—Te estaba buscando.

—Y aun así me encontraste tú. Interesante habilidad para alguien de tu edad.

La joven a su lado soltó una pequeña risa nerviosa.

Magnus no sonrió. Magnus nunca sonreía

—Compórtate —gruñó en voz baja.

Sonreí lentamente.

—¿O qué? ¿Me destierras otra vez?

La temperatura del espacio entre nosotros cayó varios grados. Su mandíbula se tensó con ese movimiento mínimo que en él equivalía a una explosión.

Buen golpe.

Supe que lo era porque dolió en los dos sentidos: en él y en algún lugar dentro de mí que todavía rastreaba su aprobación, aunque llevara años diciéndome que no lo hacía.

Tomé una copa de la bandeja de un sirviente y le ofrecí otra a su acompañante, que la aceptó con la gratitud de alguien rescatado de una situación incómoda..

—No deberías dejar que beba sola —comenté.

Ella me dedicó una sonrisa tímida.

Mi padre parecía listo para arrancarme la garganta.

Excelente.

—No te llamé para pelear esta noche, Kael.

—Entonces no invites a Lucien.

Sus ojos no cambiaron, pero confirmé lo que sospechaba.

Lo había planeado. La reunión, la disposición de los invitados, la proximidad entre Lucien y yo en el mismo salón. Magnus no hacía nada sin arquitectura detrás.

Por supuesto.

—Ya es hora de que tú y tu primo solucionen sus diferencias.

Solté una risa seca.

—Eso ocurrirá cuando uno de los dos esté muerto.

—Hablas igual que cuando eras un cachorro.

—Y tú sigues manipulando igual que siempre.

Mi padre bebió un trago completo antes de responder.

—En la política de manadas no existen enemigos permanentes.

—Qué inspirador. ¿Lo bordas en cojines?

—Madura.

—Qué divertido escucharlo del hombre que destruyó su propia familia luego llamó a los escombros "estrategia política".

Silencio.

La loba pelirroja retrocedió incómoda.

Mi padre me observó con una oscuridad peligrosa en los ojos.

Y entonces una voz interrumpió detrás de mí.

—Mírate… todavía intentando impresionar al Alfa Supremo.

No necesité girarme para reconocerlo. Esa voz tenía una textura específica que mi memoria había catalogado como amenaza desde los trece años.

Lucien.

El imbécil había llegado.

Lentamente me di vuelta.

Ahí estaba. Alto, cabello negro, ojos azules casi plateados. La sonrisa arrogante de alguien que aprendió muy joven que el mundo le entregaría cosas sin que tuviera que pedirlas.

El futuro Alfa de Eclipse Carmesí.

Y el hombre que había convertido mi adolescencia en un infierno.

Arwen seguía cerca de él.

Demasiado cerca.

—¿No es este el famoso Kael Draven? —dijo Lucien teatralmente—. El heredero perfecto. El monstruo favorito del norte.

—Vete al infierno.

Lucien sonrió.

Luego se acercó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

—¿Para qué molestarse en ir al infierno… si puedo traerlo aquí abajo, primo?

Mi lobo rugió dentro de mí.

No por las palabras. Sino porque mientras hablaba, la mano de Lucien encontró nuevamente la cintura de Arwen con esa familiaridad que llevaba cinco minutos quemándome el pecho.

Y ella no lo apartó.

Por supuesto que no. No sabía nada. No sabía quién era él.

Pero yo sí lo sabía.

Sentí el control ceder un milímetro más.

Luego otro.

Por primera vez en años, con mi padre a tres metros y el salón lleno de Alfas que observaban cada movimiento.

Tuve ganas de matarlo delante de todos.

Y lo peor no era la rabia.

Lo peor era la razón detrás de ella.

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