Luciana tenía los ojos cerrados y el rostro oculto en el cuello de Ignazio. Su cuerpo había entrado en un estado de relajación placentero. No habría podido moverse incluso si habría querido hacerlo, pero no quería. Se sentía bien justo donde estaba. No había lugar que la hiciera sentir mejor que cuando estaba rodeada de los brazos de Ignazio.
Sabía que había muchas razones por las que aquello era un error; sin embargo, no podía pensar en una sola en ese momento. Sus neuronas estaban adormecidas