La oscuridad en la mansión no era solo la ausencia de luz; era un vacío denso que olía a ozono y a la feromona agria de un Alfa en estado de alerta máxima. Nathan sostenía a Larissa contra su pecho, su brazo como una barra de hierro rodeando la cintura de la mujer. Podía sentir el pulso de ella galopando contra su costado, un ritmo frenético que delataba su miedo, pero había algo más. Algo que estaba cambiando en el aire.
Como Alfa, Nathan era sensible a la química de su Omega, y lo que percibi