El estallido de las puertas principales no solo trajo al hombre de la fotografía, sino a su fantasma encarnado en juventud y furia. Nathan, con los pulmones ardiendo por la presión de sus propias feromonas en conflicto, apretó la mandíbula al ver quién cruzaba el umbral. No era Julian; Julian era polvo y cenizas en un edificio olvidado donde enterró la quiebra de los Mondragón y Carpiette. Quien estaba allí era un joven de apenas veinte años, con la misma mirada gélida y el porte de un Alfa que