La habitación estaba sumida en una penumbra densa, casi pegajosa. No era un lugar elegante ni confortable, sino funcional, fría, diseñada para reuniones que no debían existir. Las paredes grises devolvían un eco apagado de cada respiración, y el aire olía a alcohol barato, sudor y ambición rancia.
Enzo Ferreiro permanecía sentado en el centro, con la espalda rígida y las manos apoyadas sobre los muslos. El rostro aún conservaba leves marcas violáceas, recuerdos recientes del castigo recibido. C