El bar ya estaba lleno, pero Zoe, con su sonrisa confiada y el cabello recogido en un moño descuidado, hacía parecer que nada allí podía tocarla. Su mirada estaba fija en la amiga —o mejor dicho, la cuñada— que, frente a ella, hacía girar la copa de gin como si el mundo entero estuviera contenido dentro de ese cristal. Helen suspiró por tercera vez en menos de cinco minutos. Zoe arqueó una ceja.
—Si suspiras una vez más, voy a lanzar esa copa por la ventana.
Helen dejó escapar una risa débil, u