La llave giró en la cerradura con un clic apagado.
Helen empujó la puerta despacio, como si no quisiera que la casa notara su llegada. La luz del final de la tarde teñía el pasillo con tonos dorados, y el silencio que se extendió a su alrededor fue un alivio inmediato.
Nada de pasos pesados en el corredor. Ningún murmullo grave proveniente de la sala. Ninguna mirada azul capaz de dejarla sin aliento.
—Gracias a Dios… —murmuró, apoyándose contra la puerta por un breve instante.
Aún no estaba lis