Helen llegó a la empresa con una sonrisa que no lograba disimular. Su cuerpo aún recordaba el calor de Ethan, la intensidad de su mirada la noche anterior. El casi beso ardía como un secreto dulce y prohibido, y le era imposible dejar de revivir aquel instante. Entró sonriente, saludó a los compañeros con un gesto animado y siguió hasta su despacho. En cuanto la puerta se cerró tras ella, apoyó la espalda en la madera, respirando hondo, con los ojos brillantes.
—¿Qué fue eso de anoche? —murmuró para sí, sonriendo—. Casi… Helen, tú casi…
Sacudió la cabeza, divertida, y caminó hasta el escritorio. Dejó el bolso sobre el vidrio, encendió el ordenador y desbloqueó el celular.
Una notificación. Un mensaje desconocido.
“Si quieres saber quién es realmente tu marido, preséntate en esta dirección.”
La imagen de Ethan surgió de inmediato en su mente. Su sonrisa. El toque en su rostro. La mirada cargada de deseo y confusión. Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Abrió el mensaje. Había una dirección,