Helen bajó las escaleras del edificio de Miranda como si el suelo fuera a desmoronarse bajo sus pies. El mundo giraba, pero no era vértigo: era decepción, el nudo en la garganta, el corazón hecho trizas por la traición. El viento le cortaba el rostro como navajas, pero apenas lo sentía. La vista se le nublaba por las lágrimas que se negaba a derramar en público.
Entonces, el teléfono sonó. Pensó en no contestar, pero al ver el nombre de Zoe en la pantalla, apretó el botón con fuerza.
—Hola… —di