El silencio flotó en el aire por un instante, hasta que Ethan decidió romperlo de la manera más irritante posible.
—Pero, si de verdad quieres saber… —comenzó, estirando los brazos con pereza—. Las piernas de doña Amélia son mucho mejores que las tuyas.
Helen abrió los ojos de par en par y lo miró como si estuviera profundamente herida por la ofensa.
—¿Ah, sí?
—Ajá —Ethan asintió, con una sonrisa traviesa—. Incluso cuando me da unos golpecitos y me empuja para que salga de su regazo.
Helen se l