El coche se deslizaba suavemente por la carretera. Helen iba sentada en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y una expresión desconfiada en el rostro, porque Ethan no dejaba de sonreír. Y un Ethan sonriente nunca era una buena señal.
—¿De qué te ríes? —preguntó, entornando los ojos.
Ethan le lanzó una mirada rápida, conteniendo una risa traviesa.
—Solo estaba pensando en que ahora conozco tu punto débil.
—¿Qué? —Helen frunció el ceño, confundida.
Ethan fingió un suspiro dramático.
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