Zoe estacionó el coche con más fuerza de la que pretendía; la rabia todavía le hervía bajo la piel. No conseguía sacar de su mente la escena de Miranda acercándose a ellas con aquella maldita sonrisa presuntuosa, humillando a Helen sin necesidad siquiera de alzar la voz. Lo peor había sido ver el dolor estampado en el rostro de su cuñada, aún cuando intentaba disimularlo.
En cuanto entró en casa, se encontró con Ethan en el recibidor, ajustándose el saco. Parecía a punto de salir, con una carpeta de documentos en la mano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Zoe, cruzándose de brazos.
—Vine a dejarle un documento a papá para que lo firme, está en el despacho —respondió él, pero enseguida entrecerró los ojos, analizando la expresión de su hermana—. ¿Qué pasó? Tienes una cara horrible.
Zoe resopló, dejando el bolso sobre el sofá con irritación.
—¿Qué pasó? ¡Tu maldita amante, ese es el problema!
Ethan frunció el ceño de inmediato.
—¿Qué tiene Miranda?
Zoe se pasó las manos por el cabello, intent