La puerta de la habitación apenas se había cerrado tras la salida de Luisa. No pasaron ni dos segundos cuando la voz de Erick la atravesó.
—Luisa.
Ella se detuvo en el pasillo. La mano en el pomo, los pies descalzos sobre la madera fría. Podía seguir caminando. Podía hacerse la sorda. Pero algo en el tono de él la detuvo. No era una orden. Era un ruego.
Abrió la puerta y asomó la cabeza.
Él seguía recostado en la cama, con la cobija subida hasta el pecho. La palidez de su rostro se recortaba co