El sol de la mañana se alzaba sobre la ciudad costera donde Damián, Annie y Sandra se habían refugiado, pero su luz no lograba penetrar la burbuja de lujo y aislamiento en la que vivían. El apartamento, una joya arquitectónica de cristal y acero suspendida sobre el mar, era un santuario de privacidad y opulencia. El sonido de las olas rompiendo contra los acantilados se filtraba por las ventanas abiertas, mezclándose con el tintineo de las copas de champán y el susurro de las cortinas de seda m