La noche se había instalado sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro, pesado y silencioso. Las estrellas apenas brillaban, ocultas tras una capa de nubes finas que se movían lentas, indiferentes a los dramas humanos que se tejían en el mundo de abajo. El viento soplaba con suavidad, moviendo las hojas de los árboles del jardín, creando un murmullo que parecía un susurro de la naturaleza. En la habitación, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración profunda y acompasada de