En el apartamento de Damián, Luisa cerró los ojos sintiendo el aroma del caldo de pollo aún en su boca y la suavidad de la manta sobre sus piernas.
Damián la miró un momento desde la cocina, mientras secaba los platos.
—Buenas noches, Luisa —susurró, tan bajo que ella no pudo oírlo.
Apagó la luz y se fue a su habitación.
Ella durmió en paz.
Por primera vez en dos años.
La mañana entró por el ventanal del apartamento de Damián con una luz dorada y suave. Luisa parpadeó, desorientada por un segun