La noche se había posado sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro, silencioso y profundo. Las estrellas apenas brillaban, cubiertas por una capa de nubes finas que se movían lentas, indiferentes. En el estudio de Erick, solo la luz tenue de la lámpara de escritorio iluminaba el rostro concentrado del hombre que llevaba horas frente a la computadora. Los números bailaban en la pantalla como fantasmas digitales, y sus dedos se movían con rapidez, revisando proyecciones, ajustando cifra