El sol brillaba con una intensidad dorada sobre la terraza de un lujoso chalet en las afueras de Zúrich. Las montañas nevadas se alzaban en el horizonte como centinelas blancas e inmutables, sus picos cubiertos de nieve perpetua que brillaban bajo la luz del mediodía con un resplandor casi irreal. El aire era fresco, limpio, impregnado del aroma a pino y a hierba húmeda que subía desde los prados verdes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. No había ruido de ciudad, no había tráfico,