El auto de Sandra se deslizaba por las calles de la ciudad con la velocidad de un animal herido, sus neumáticos raspando el asfalto como garras en busca de una presa imposible. Las luces de los faroles se reflejaban en el parabrisas como lágrimas de colores que se deslizaban por el vidrio, pero ella no las veía. Sus ojos estaban fijos en la carretera, pero su mente estaba en otra parte. En el testamento. En las palabras del abogado. En la sonrisa de Luisa. En la derrota que se cernía sobre ella