La oficina del CEO abogado Ricardo Martínez permanecía en un silencio tenso, roto solo por el eco de los pasos de Sandra mientras caminaba de un lado a otro, con el rostro desencajado, los dedos crispados como garras, y los ojos brillantes de una furia que apenas podía contener. El aire estaba cargado de una electricidad que hacía crujir el silencio, como si las paredes mismas estuvieran a punto de estallar. Los libros de leyes en los estantes, encuadernados en cuero oscuro con letras doradas,