La mañana del día señalado amaneció con un sol frío que apenas lograba calentar las calles de la ciudad. El cielo estaba despejado, pero una niebla tenue se aferraba a los techos de los edificios, como si la ciudad misma estuviera conteniendo la respiración. En la oficina del abogado Ricardo Martínez, el ambiente era de una tensión tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Los muebles de madera oscura, las estanterías repletas de libros de leyes encuadernados en cuero, y la luz tenue de las