El auto de Erick se deslizaba por las calles vacías de la noche. Las luces de los semáforos se reflejaban en el parabrisas como pequeños destellos rojos y verdes, pero ninguno de los dos los veía. El silencio dentro del vehículo era denso, pesado, como una losa de cemento que aplastaba cualquier intento de conversación.
Luisa iba en el asiento del acompañante, con el cuerpo encogido contra la puerta, la cabeza apoyada en el vidrio frío de la ventanilla. Sus brazos se abrazaban a sí misma, como