64.

No me sentí tranquila hasta que me subí a la camioneta. Alejandro se quedó mirándome.

— ¿Cómo te fue? — preguntó.

Y yo sonreí tímidamente.

— Bien, bien. Nada más.

El hombre dejó unos binoculares que tenía sobre la parte del frente del auto. Sus hombres aún no habían subido, así que aprovechó para preguntarme.

— ¿Lograste entrar a la habitación? Pensé que odiabas a Nicolás.

Yo no tenía por qué darle explicaciones. No tenía por qué explicarle por qué hacía o dejaba de hacer las cosas. Así que
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