18.
Alguien me detuvo. Pude escuchar mi nombre al otro lado de la habitación y, cuando volteé la mirada, la encontré. Era una monja alta, de gesto firme, con los ojos claros y lavados.
—Señor Montalvo —repitió—. Yo soy la hermana Sol. Soy la segunda al mando de este lugar, después del joven Luis.
Entonces solté la perilla del armario que ya tenía en la mano, a punto de abrir, y me volví hacia ella. Desde afuera, algo me tiraba hacia ese armario, como un sexto sentido, como un hilo en mi pecho que