17.
Michelle había insistido con su maldito matrimonio, cosa que a mí, sinceramente, se me antojó ridículo. Nuestra boda no había sido más que un engaño legal para que yo siguiera administrando la floristería.
Pero, en cuanto se vio brutalmente rechazada por mí, cuando vio que ni siquiera quería compartir la misma habitación con ella, corrió a los brazos de mi madre. Era algo que siempre me había sorprendido, la relación tan intensa que tenían las dos mujeres, a pesar de que no había la misma sang