158.
El oso estaba ahí nomás. Solo bastaba estirar una de sus garras y, con ella, destrozar el cuerpo de Elisa. Yo ni siquiera pude gritarle que corriera o que hiciera algo. Al parecer, era demasiado tarde. El fuerte instinto territorial del oso lo llevaba hasta el límite y nosotras no teníamos ninguna otra opción. Al menos yo había logrado cruzar, pero Elisa seguía ahí, paralizada.
Y entonces, en un acto prácticamente puramente instintivo o divino, saltó hacia el frente y sus pies se posaron sobre