Capítulo 31. Fuego Cruzado: Valentina.
El beso de Alejandro me arrastró a un torbellino. Era un beso desesperado, cargado de celos y una posesión que me asustaba tanto como me encendía. Mi mente gritaba "¡Alto!", pero mi cuerpo, traicionero, respondía con una urgencia que no reconocía. El mundo se desdibujó, y por un instante, solo existió la furia de sus labios contra los míos, el aliento entrecortado que nos unía.
La puerta del despacho se abrió de golpe, y una voz, grave y exasperada, nos sacó de golpe de esa burbuja.
- ¡Chicos,