La villa estaba en silencio. La única luz era la de la luna, que se filtraba por los ventanales y pintaba de plata cada rincón. Los mellizos dormían profundamente en su habitación. El mundo, afuera, no existía.
Ana estaba de pie, apoyada contra la pared, con el corazón aún acelerado por lo que casi había pasado. Cristóbal la miraba desde el otro lado de la sala, con los ojos grises brillando en la penumbra.
—No me dejes así —dijo él, rompiendo el silencio—. Por favor.
Ella quiso negar, quiso de