La música y las risas quedaron atrás cuando Cristóbal la tomó del brazo y la guió hacia la salida con paso firme. Sus dedos se clavaban en su piel como garras, y Ana podía sentir la tensión recorriendo cada músculo de su cuerpo.
—Cristóbal, suéltame —dijo ella, intentando liberarse—. ¿Qué te pasa?
Él no respondió. Siguió caminando hasta llegar al auto, donde finalmente la soltó y se giró para mirarla. Sus ojos grises ardían con una intensidad que daba miedo.
—Sube.
—Cálmate primero.
—¡Que subas