El edificio era imponente.
Una construcción antigua, de esas que rezuman dinero por cada poro, con columnas de mármol y puertas de caoba que se abrían como si fueran las puertas de un palacio. Adentro, la luz de las arañas de cristal bailaba sobre los asistentes: hombres de traje impecable, mujeres de joyas brillantes, camareros que flotaban entre la multitud con bandejas de champagne.
Ana sintió que el estómago se le encogía.
—Tranquila —dijo Cristóbal a su lado, en voz baja—. Solo camina. Son