La habitación los recibió con su penumbra habitual.
Ana entró primero, con el corazón latiéndole con fuerza. Las palabras del abuelo aún resonaban en su cabeza: No hay excusas. Solo tienen que hacerlo.
Cristóbal cerró la puerta tras ellos. El sonido del picaporte fue como un disparo en el silencio.
—Sabes lo que tenemos que hacer —dijo él, sin rodeos.
Ella se giró lentamente. Lo miró a los ojos, buscando algo, no sabía qué.
—Lo sé.
—Es parte del contrato. Lo sabías desde el principio.
Ella asin