Cristóbal salió de la habitación como un vendaval, pero el abuelo no parecía dispuesto a dejar el tema así.
—¡Cristóbal! —llamó—. ¡Vuelve aquí!
Pero él ya no escuchaba. Sus pasos resonaron en el pasillo, alejándose, perdiéndose en algún lugar de la mansión.
El abuelo suspiró y se giró hacia Ana. Ella seguía en el mismo lugar, con los brazos cruzados, la mirada fija en la puerta por donde él había desaparecido.
—Bueno, muchacha —dijo el anciano, acercándose—. Parece que tocaste un nervio.
Ana no