El médico llegó una hora después.
Era un hombre mayor, de bata blanca y modales pausados, que revisó a Ana con profesionalismo mientras Cristóbal observaba desde la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—No se preocupe —dijo el médico, guardando su estetoscopio—. Es solo un resfriado fuerte. La fiebre es por la exposición al frío y la lluvia. Con reposo, líquidos y abrigo, en un par de días estará bien.
—¿Seguro? —preguntó Isabel, que había subido en cuanto supo que el médico esta