La tarde cayó sobre el apartamento como una sombra que Ana necesitaba dejar atrás.
Los mellizos dormían en sus cunas, agotados después de horas de llanto, con las pequeñas marcas rojas aún visibles en sus piernas. Ana las había mirado una y otra vez, con los dientes apretados, las manos temblorosas, el corazón partido en mil pedazos. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Sofía sonriendo, veía sus dedos apretando la piel de sus hijos, veía el dolor en sus caritas.
No podía quedarse. No podía per