La noche había caído sobre la ciudad cuando los padres de Nicolás llegaron al apartamento. La señora Valenzuela traía una bandeja de pasteles recién horneados, y el señor Valenzuela cargaba una maleta pequeña que dejó en la entrada.
Ana estaba en la sala, con los mellizos en sus cunas portátiles, tratando de concentrarse en un libro que no lograba leer. Desde el incidente del collar, la tensión con Sofía era palpable, pero había decidido no darle más guerra. Al menos, por ahora.
—¡Mis nietos! —e