La tarde cayó pesada sobre el apartamento de Nicolás.
Ana se había encerrado en su habitación con los mellizos, sin querer ver a nadie. Desde el pasillo, Nicolás podía escuchar el murmullo de su voz mientras les cantaba a los niños, pero no se atrevió a llamar. Las palabras de Ana aún resonaban en su cabeza: "No necesito que me protejas. Necesito que confíes en mí."
Y él no había sabido responder.
Ahora estaba sentado en la sala, con los documentos desordenados sobre la mesa, tratando de recomp