229. La Casa de los Susurros Helados
La noche de la Patagonia era un depredador. Fría, silenciosa y vasta. Se movían a través de ella como tres espectros, vestidos con trajes de nieve de camuflaje blanco que Giménez les había conseguido, sus figuras apenas distinguibles contra el paisaje nevado. La luna, casi llena, derramaba una luz azulada y fantasmal que hacía que el mundo pareciera un negativo fotográfico.
El Santuario no se veía. Estaba excavado en la ladera de una montaña, una herida invisible en el corazón de la cordillera.