015. Te Observo desde el Bosque
El día se arrastró con la lentitud de una herida que no cicatriza.
Mar permaneció agazapada en su nido de arbustos y barro, una bestia paciente aprendiendo el arte del acecho. El frío de la mañana le había entumecido los dedos, pero no había abandonado su puesto. El teléfono, con la batería peligrosamente baja, seguía en su mano, un tercer ojo con el que intentaba profanar la intimidad de la cabaña.
Dentro, la vida se movía a un ritmo extraño, casi ritual. Veía al "cazador", esa figura alta y