Desde la penumbra de su habitación, Isolde lo observaba. La luz de la luna se colaba tímidamente por las cortinas entreabiertas, delineando en plata el contorno relajado de Dorian mientras dormía. Su pecho subía y bajaba con una cadencia tranquila, ajeno a los tormentos y certezas que se agolpaban en la mente de ella.
Aquel hombre, tan distante y a la vez tan cerca, había logrado algo que hasta entonces Isolde se había prometido nunca permitir: romper sus reglas.
No enamorarse.
No desear.
Solo