Dorian Blackwood no era un hombre fácil de descifrar. Su porte impecable, sus modales pulidos y su voz grave daban la impresión de que estaba siempre en control. Pero bajo esa fachada de elegancia y seguridad, existía un joven que había crecido aprendiendo que la perfección no era una elección, sino una obligación.
Su padre, Richard Blackwood, era un importante empresario británico, propietario de una de las corporaciones más influyentes en Europa. Un hombre de voz dura y expectativas más duras